El frío del cementerio no solo se sentía en el aire, sino en cada latido que retumbaba dentro de mi pecho. Caminé entre las tumbas con los pasos lentos, como si el suelo se resistiera a sostenerme, como si cada grano de tierra estuviera cargado de recuerdos y promesas rotas. Frente a la lápida de mi padre, me detuve. El nombre grabado en mármol parecía un muro infranqueable, una muralla de poder y dolor que todavía me atravesaba.
No esperaba encontrar a nadie allí, menos a Matteo. Pero estaba a