El papel crujió bajo la presión de sus dedos, un sonido seco que pareció amplificarse en el silencio sepulcral de la biblioteca. Esmeralda se dejó caer lentamente sobre la silla de cuero tras el escritorio de caoba, con los ojos fijos en los caracteres alfanuméricos que componían la firma digital. El código maestro de la cuenta patrimonial. Una llave que solo Emilio y ella debían poseer, un secreto financiero guardado bajo tres niveles de encriptación biométrica.
«No puede ser él», pensó, sin