El viaje de regreso en el helicóptero transcurrió en un mutismo casi místico. Abajo, la metrópoli y sus rascacielos se diluían en la distancia, transformándose de nuevo en el manto oscuro y salino de la costa. Cuando el Eurocopter aterrizó en el helipuerto del piso 40, las luces de la Provincia de Aurelia ya no titilaban con la urgencia de un territorio en disputa; brillaban con la regularidad de una maquinaria perfectamente aceitada, que ahora avanzaba con una inercia propia e independiente.