El Mercedes negro blindado ascendía por las curvas sinuosas de la colina de Aurelia con la suavidad de un espectro. El paisaje urbano, una amalgama de luces de neón y destellos industriales del puerto en plena actividad nocturna, iba quedando atrás, empequeñeciéndose en el espejo retrovisor. Esmeralda se recostaba contra el asiento de piel, con la mirada fija en el vacío de la noche. Aunque su cuerpo acusaba el cansancio físico de una jornada que había exigido tanto de su intelecto como de sus