El viento del golfo golpeaba el puente de la aduana vieja con la fuerza de un látigo salino cuando Emilio llegó al kilómetro cero. Las luces rojas y amarillas de los convoyes abandonados parpadeaban de manera intermitente en mitad de la calzada, proyectando sombras deformes sobre la estructura de hierro. Los enormes camiones de Harrison, cruzados intencionalmente en un ángulo que bloqueaba los tres carriles de salida, parecían monumentos a la desesperación del norte. El tráfico de contenedores