El zumbido de las hélices del Eurocopter biturbo ahogaba el ruido de la tormenta que volvía a cernirse sobre el golfo. Desde las alturas, las luces de los muelles cooperativizados del sector cuatro parecían un cinturón de ámbar que custodiaba la costa de Aurelia. En el interior de la cabina presurizada, iluminada apenas por la tenue luz de los paneles de navegación, Esmeralda y Emilio compartían un silencio cargado de electricidad.
Ricardo, conectado desde el búnker de la torre a través de la