El impacto del segundo contenedor contra el agua del canal resonó como un trueno en la cuenca del puerto, sepultando los últimos vestigios de la interferencia del norte bajo toneladas de espuma marina. Para cuando las manecillas del reloj marcaron las ocho de la mañana, el tramo levadizo de la aduana vieja volvía a estar operativo, y una hilera interminable de camiones con el sello del Fideicomiso avanzaba a paso firme hacia la autopista federal. Emilio regresó a la torre con la ropa impregnad