El descenso en el elevador privado hacia los niveles subterráneos de la torre del Fideicomiso se sintió como una transición obligada entre dos mundos. Emilio, con la chaqueta perfectamente ajustada y el portafolios de cuero bajo el brazo, mantenía la mirada fija en el indicador digital de pisos. Esmeralda permanecía a su lado, con las manos entrelazadas al frente, la espalda recta y el mentón alzado. El sutil perfume a lavanda que emanaba de su piel se mezclaba con el olor a cuero y ozono del