El silencio que siguió al estallido fue absoluto, una calma densa e imponente interrumpida únicamente por el zumbido constante del aire acondicionado que enfriaba el sudor sobre sus pieles. Emilio se retiró lentamente, con un suspiro pesado y tibio escapando de sus labios mientras sostenía el cuerpo de Esmeralda, ayudándola a descender con delicadeza del borde del escritorio de cristal. Las piernas de ella temblaron ligeramente al tocar la alfombra, un rastro físico de la violencia con la que