Camila se quedó en la cocina tres horas después de que Camilo se fuera.
Sentada en la misma silla donde le había contado lo de Mateo, con el plato de la tostada todavía sobre la mesa y el vaso de agua que él le había servido y que ella no había vuelto a tocar porque el agua era para las personas que querían mantenerse vivas y Camila no estaba segura de pertenecer a esa categoría.
Lo había visto irse. Había escuchado el coche arrancar, las ruedas girar sobre la grava del camino, el motor alejánd