La primera noche después del funeral, Camilo soñó con el puente.
No con la versión completa, no con la persecución ni la lluvia ni Webb en su puerta con el paraguas. Soñó solo con los dedos. Los dedos de Camila mojados entre los suyos, el antebrazo resbalándose centímetro a centímetro, la presión que se aflojaba como un nudo que se deshace solo, y el momento exacto en que la piel dejó de tocar la piel y sus manos se cerraron sobre el aire.
Se despertó a las dos de la mañana con el corazón golpe