Un año después, Valentina abrió una librería en Newbury Street.
No en el centro financiero donde los Lincoln tenían sus oficinas ni en Beacon Hill donde vivía la gente que compraba libros para decorar estantes y no para leerlos. En Newbury Street, entre una cafetería que vendía el peor café de Boston y una tienda de vinilos que solo abría los jueves, en un local pequeño con un escaparate de madera que ella misma pintó de verde porque le recordaba al de Maple & Page en Stowe y porque el verde er