El aire en el despacho de Dimitrix vibraba con el tecleo vertiginoso de un hombre de negocios concentrado. Él estaba sumergido en sus documentos, asegurando los últimos cabos sueltos de la fusión que consolidaría su imperio. Abajo, en la sala, la Abuela disfrutaba de una siesta recuperadora; su presencia era el ancla que daba sentido a la farsa.
En el dormitorio principal, Isabella estaba sentada en el suelo, rodeada por el contenido de una modesta caja de cartón. Era su "tesoro" más preciado,