El auto se detuvo frente a la enorme casa de los Colmenares. Las luces cálidas del jardín iluminaban el sendero de piedra que conducía hasta la entrada principal. Elio apagó el motor con un movimiento brusco, sin decir palabra. Su mandíbula estaba tensa y sus ojos fijos en el portón, como si cada fibra de su cuerpo deseara no estar allí.
Cristina respiró hondo, bajó del auto y fue hacia la parte trasera para abrir la puerta de su hijo.
—Vamos, cariño, ya llegamos —dijo en voz suave, ayudando a