Cristina entró a su habitación cerrando la puerta con suavidad. La noche estaba silenciosa; apenas se escuchaba el murmullo del viento que rozaba las ventanas de la mansión Caruso. Al encender la lámpara de su mesita de noche, notó la figura de Elio de pie, frente a la ventana, observando la oscuridad del jardín. La luz cálida de la lámpara iluminó su perfil, haciendo que el ambiente se llenara de una tensión densa, casi asfixiante.
—¿Qué haces aquí, Elio? —preguntó con voz firme, aunque por de