Cristina regresó a la mansión Caruso cuando el reloj marcaba las ocho de la noche. El ambiente era tranquilo; las luces cálidas iluminaban el amplio salón, y el sonido de los pasos sobre el mármol resonaba suavemente. Apenas cruzó la puerta, escuchó una vocecita conocida que la llamó con entusiasmo.
—¡Mamá, llegaste! —gritó Isaac corriendo hacia ella.
Cristina sonrió de inmediato, abriendo los brazos para recibirlo.
—Sí, mi campeón, ya llegué —dijo mientras lo abrazaba y besaba su mejilla—. ¿Có