La mañana siguiente amaneció radiante, con el sol filtrándose a través de los amplios ventanales de la oficina de Cristina Bianchi. El aire olía a café recién hecho y a papeles nuevos. Cristina, vestida con un elegante traje beige y una blusa blanca, repasaba con concentración los informes que tenía sobre su escritorio. Su cabello recogido en un moño impecable le daba un aire de autoridad y serenidad.
Mientras pasaba una hoja tras otra, escuchó tres suaves golpes en la puerta.
—Adelante —dijo s