Mientras tanto, Elio Caruso observaba cómo el auto de Cristina se alejaba en la oscuridad de la noche. Apretó con rabia sus manos, conteniendo la frustración que lo consumía. Subió a su coche y, con la voz fría y dura, le ordenó al chofer:
—Llévame al club.
—Sí, señor.
El trayecto fue silencioso. Elio permaneció con la mirada fija en la ventanilla, masticando la ira que lo carcomía. No podía aceptar lo que acababa de escuchar: su hijo no llevaba su apellido. Eso lo hacía hervir por dentro.
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