Levantó la vista, con el corazón latiéndole desbocado.
Roxana estaba en el umbral.
Llevaba un vestido de seda negro que realzaba su figura, el cabello perfectamente peinado y una expresión que oscilaba entre la curiosidad y la molestia. Sus ojos recorrieron la habitación rápidamente, deteniéndose en Óscar y en su mano, que presionaba la carpeta cerrada con fuerza.
—Por fin sales de la habitación, Óscar —dijo ella, entrando con paso firme. El sonido de sus tacones clack, clack, clack sobre la ma