Enzo, respirando agitadamente, cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del sillón. No era el hombre fuerte de antes. Era un padre asustado, tercamente aferrado a sus creencias, dispuesto a herir a su propio hijo por miedo a perderlo.
—Enzo, te equivocaste al hablarle así a nuestro hijo.
—¿Acaso no te das cuenta, mujer, de lo que nuestro hijo está haciendo? —exclamó Enzo, caminando de un lado a otro por la sala, con el rostro completamente enrojecido de furia—. ¡Nuestro hijo se ha conver