La noche caía con un silencio pesado sobre la mansión Caruso. Afuera, el jardín apenas se distinguía a través de los ventanales; las sombras de los árboles se proyectaban en las paredes, danzando con el viento. Cristina estaba en su habitación, un espacio amplio pero frío, dominado por tonos neutros y una luz cálida y tenue que apenas lograba otorgar un poco de consuelo. El reloj marcaba casi las once. Sentada en el borde de la cama, se acomodaba la bata de satén, blanca y suave, rodeada del de