40. Sangre que no necesitaba ser derramada
El frío en aquel sótano parecía congelarse, cristalizándose en un aire impregnado por el hedor metálico de la sangre y el sudor del miedo. El tiempo dejó de avanzar. Solo se escuchaba la respiración agitada de Richard Eleanor, jadeando con el pánico de una presa acorralada en un callejón sin salida.
Bianca se mantenía erguida. Ambas manos apretaban con fuerza la pesada y fría empuñadura de la pistola Heckler & Koch. El cañón con silenciador apuntaba recto y sin vacilar, directo al centro de la