107. Una baliza desde el continente helado
Los suaves rayos de sol de la tarde iluminaban el salón del penthouse. Bianca estaba sentada, recostada en el sofá de cuero, leyendo un grueso libro. Su vientre aún no mostraba signos de embarazo. Apenas estaba de ocho semanas. Sin embargo, el trato de su marido había dado un giro de ciento ochenta grados. Daniel le había prohibido trabajar en la cafetería por el momento. El hombre había contratado a cinco chefs privados para que le prepararan comidas nutritivas todos los días.
La puerta de la