capitulo 3

El despacho de Alexander no era un lugar para trabajar; era un mausoleo a la eficiencia. Todo era de una sobriedad insultante: paredes gris carbón, una mesa de cristal tan larga que parecía una pista de aterrizaje y el silencio sepulcral de un hombre que ha decidido que las emociones son una pérdida de tiempo en el balance de resultados.

Entré diez minutos tarde a propósito. Me había tomado mi tiempo con la ducha, dejando que el agua caliente relajara mis músculos y que el aroma de mi propio jabón de lavanda y miel —mi pequeña burbuja de cordura— borrara el rastro de la tensión que Alexander había dejado en la cocina. Me puse un vestido verde esmeralda, de una tela con caída pesada que marcaba mis curvas sin pedir permiso. Si iba a ser "la esposa gorda", al menos sería la esposa gorda más elegante que Alexander Vane hubiera visto jamás.

Él estaba allí, sentado detrás de su escritorio, con un abogado que parecía sacado de una serie de televisión: traje gris, gafas de montura fina y la expresión de alguien que ha olvidado cómo se siente una risa.

—Llegas tarde —dijo Alexander sin levantar la vista de una tablet.

—Y tú no has dicho "buenos días", pero supongo que la educación no estaba incluida en el contrato de fusión —respondí, sentándome en una de las sillas de cuero frente a él.

El abogado carraspeó, claramente incómodo con la descarga eléctrica que parecía llenar la habitación cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Alexander finalmente levantó los ojos. Por un segundo, su máscara de CEO se agrietó. Me miró de una forma que me hizo sentir que el vestido verde era transparente; sus ojos se detuvieron en el escote, luego en mis labios, y finalmente regresaron a mi rostro con una intensidad que me hizo apretar las manos sobre mis rodillas.

—Este es el Sr. Miller —presentó Alexander, ignorando mi pulla—. Él ha redactado las cláusulas adicionales de convivencia.

El Sr. Miller empezó a leer con una voz monótona. Las cláusulas eran una humillación tras otra disfrazadas de lenguaje jurídico.

* Privacidad absoluta: Emma no puede entrar en el ala oeste de la mansión.

* Discreción mediática: No se permiten publicaciones en redes sociales que no hayan sido aprobadas por el equipo de Relaciones Públicas de Vane Corp.

* Vida social: Emma asistirá a un máximo de tres eventos benéficos al mes como acompañante oficial.

* La cláusula del "Heredero": (Miller hizo una pausa aquí). Si las partes deciden, de mutuo acuerdo, concebir un hijo para asegurar la sucesión de las acciones, se redactará un anexo de compensación financiera.

El aire se escapó de mis pulmones. ¿Compensación financiera? Me sentí como una yegua de cría en una subasta de lujo. Miré a Alexander, buscando algún rastro de humanidad, pero él solo estaba allí, apoyando su barbilla en sus dedos entrelazados, observándome con una curiosidad clínica.

—¿Alguna objeción, Emma? —preguntó él, con esa voz profunda que vibraba en el cristal de la mesa.

—¿Objeciones? —Me levanté tan rápido que la silla chilló contra el suelo—. Me están tratando como a un mueble con útero. "Compensación financiera". ¿Tanto miedo tienes de que alguien descubra que eres un ser humano, Alexander? ¿O es que necesitas ponerle precio a todo porque nada en ti tiene valor real?

Alexander se levantó también. Era mucho más alto que yo, y su sombra me cubrió por completo. Se rodeó el escritorio y se acercó, obligando al Sr. Miller a recoger sus papeles y mirar hacia la ventana.

Alexander se detuvo justo frente a mí. Podía oler el café expreso y el tabaco caro en su aliento. Se inclinó, invadiendo mi espacio hasta que su pecho casi rozó el mío. La sensualidad de ese momento era retorcida; era una lucha de poder envuelta en un magnetismo físico que me quemaba las entrañas.

—No te equivoques, Emma —susurró, y su voz era como el ron: oscuro, fuerte y embriagador—. Esto no es sobre ti o sobre mí. Es sobre el legado. Tus padres te entregaron para salvar sus pieles, no me vengas con moralismos de última hora. Eres parte de un trato. Acepta el dinero, cumple con tu papel y quizás, solo quizás, logres salir de aquí con algo más que el apellido Vane.

—No quiero tu dinero, Alexander. Solo quiero mi libertad —le dije, sosteniéndole la mirada, aunque mi corazón latía tan fuerte que sentía que iba a explotar contra mis costillas.

Él bajó la mirada a mi pecho, observando mi respiración agitada. Por un momento, su mano se movió, como si quisiera tocar la tela de mi vestido, pero se detuvo. Había un amor-odio tan crudo en el ambiente que el Sr. Miller prefirió retirarse del despacho con una excusa barata sobre una llamada urgente.

Nos quedamos solos. El silencio era una presencia física entre nosotros.

—Firma el contrato —dijo él, volviendo a su tono frío—. Es lo mejor para todos.

Tomé la pluma estilográfica que estaba sobre la mesa. Pesaba como si estuviera hecha de plomo. Antes de firmar, lo miré directamente a esos ojos que parecían un pozo sin fondo.

—Lo haré. Pero que te quede claro: puedes comprar mi tiempo, puedes comprar mi nombre, incluso puedes comprar mi presencia en tus fiestas aburridas. Pero nunca, Alexander, vas a ser el dueño de lo que siento. Y si alguna vez decides que quieres ese "heredero" de la cláusula cuatro, tendrás que hacer algo más que firmar un cheque. Tendrás que aprender a ser un hombre, no una máquina de calcular.

Firmé con un trazo rápido y agresivo. Arrojé la pluma sobre el contrato y me di la vuelta para salir. Pero antes de llegar a la puerta, su voz me detuvo.

—¿Qué estás haciendo de comer hoy?

Me detuve en seco. Fue una pregunta tan fuera de lugar, tan humana, que me desarmó por un segundo.

—¿Por qué te importa? Dijiste que no te fías de mis gustos —respondí sin girarme.

—El aroma de esos croissants llegó hasta mi estudio esta mañana —dijo él, y por primera vez, su voz no sonaba a contrato, sino a algo más bajo, algo casi confesional—. No he desayunado algo que oliera así desde que era niño.

Sentí una punzada de algo que no quería identificar como compasión.

—Haré un estofado de cordero con higos y romero. El tipo de comida que te calienta el alma, Alexander. Lástima que tú no tengas una para disfrutarlo.

Salí del despacho antes de que pudiera ver que mis manos temblaban. Bajé a la cocina, mi refugio, mi campo de batalla. Empecé a picar verduras con una velocidad frenética. El sonido del cuchillo contra la tabla era lo único que mantenía mis lágrimas a raya.

Alexander Vane me despreciaba por fuera, pero algo en él —ese niño que recordaba el olor del pan caliente— estaba empezando a despertar. Y yo, a pesar de odiarlo con cada fibra de mi ser, no podía ignorar cómo mi piel seguía hormigueando por el lugar donde él casi me había tocado.

Era una guerra. Y el primer plato apenas se estaba cocinando.

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