Mundo ficciónIniciar sesiónEl despacho de Alexander no era un lugar para trabajar; era un mausoleo a la eficiencia. Todo en él resultaba de una sobriedad insultante: paredes gris carbón, una mesa de cristal tan larga que parecía una pista de aterrizaje y el silencio sepulcral de un hombre que ha decidido que las emociones son una pérdida de tiempo en el balance de resultados.
Entré diez minutos tarde a propósito. Me había tomado mi tiempo con la ducha, dejando que el agua caliente relajara mis músculos y que el aroma de mi propio jabón de lavanda y miel —mi pequeña burbuja de cordura— borrara el rastro de la tensión que Alexander había dejado en la cocina. Me puse un vestido verde esmeralda, de una tela con caída pesada que marcaba mis curvas sin pedir permiso. Si iba a ser "la esposa gorda" de la que su familia se avergonzaba, al menos sería la mujer más imponente y elegante que Alexander Vane hubiera tenido que mirar de frente. Él estaba allí, sentado detrás de su escritorio, acompañado por un abogado que parecía sacado de una serie de televisión: traje gris, gafas de montura fina y la expresión de alguien que ha olvidado cómo se siente una risa. —Llegas tarde —dijo Alexander sin levantar la vista de una tablet. —Y tú no has dicho "buenos días", pero supongo que la educación no estaba incluida en el contrato de fusión —respondí, sentándome en una de las sillas de cuero frente a él con la espalda erguida. El abogado carraspeó, claramente incómodo con la descarga eléctrica que parecía llenar la habitación cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Alexander finalmente levantó los ojos. Por un segundo, su máscara de CEO se agrietó. Me miró de una forma que me hizo sentir que el vestido verde era transparente; sus ojos se detuvieron en el escote, delinearon la curva de mis caderas bajo la tela pesada y regresaron a mi rostro con una intensidad oscura que me obligó a apretar las manos sobre mis rodillas para no delatar mi agitación. —Este es el Sr. Miller —presentó Alexander, ignorando mi pulla con una frialdad ensayada—. Él ha redactado las cláusulas adicionales de convivencia que firmarás hoy. El Sr. Miller empezó a leer con una voz monótona. Las cláusulas eran una humillación tras otra, insultos degradantes disfrazados de pulcro lenguaje jurídico: * **Privacidad absoluta:** Emma tiene prohibido el acceso al ala oeste de la mansión y a las oficinas privadas del Sr. Vane. * **Discreción mediática:** No se permiten publicaciones en redes sociales ni apariciones públicas que no hayan sido aprobadas y editadas por el equipo de Relaciones Públicas de Vane Corp. * **Vida social:** La cónyuge asistirá a un máximo de tres eventos benéficos al mes exclusivamente como acompañante oficial, manteniendo una conducta sumisa. * **La cláusula del "Heredero":** (Miller hizo una pausa obligada aquí, acomodándose las gafas). Si las partes deciden, para asegurar la sucesión de las acciones antes del plazo estipulado por el testamento, concebir un hijo, se redactará un anexo de compensación financiera inmediata para la madre, quien cederá los derechos de representación legal del menor. El aire se escapó de mis pulmones con violencia. ¿Compensación financiera? Me sentí como una yegua de cría en una subasta de lujo, un pedazo de carne tasado para asegurar un patrimonio. Miré a Alexander, buscando algún rastro de humanidad en sus facciones perfectas, pero él solo estaba allí, apoyando su barbilla en sus dedos entrelazados, observándome con una curiosidad clínica y desalmada. —¿Alguna objeción, Emma? —preguntó, con esa voz profunda que vibró en el cristal de la mesa. —¿Objeciones? —Me levanté tan rápido que la silla chilló contra el suelo, la indignación desbordándose de mi pecho—. Me están tratando como a un mueble con útero. Como a un objeto de alquiler. ¿Tanto miedo tienes de que alguien descubra que eres un ser humano, Alexander? ¿O es que necesitas ponerle precio a todo porque nada en ti tiene valor real? —Firma el contrato —dijo él, levantándose también. Su estatura imponente proyectó una sombra que me cubrió por completo—. Es lo mejor para todos. Deja el drama para tus platos. —¡No me hables como si fuera tu empleada! —exclamé, la rabia acumulada desde la madrugada estallando por fin. En un impulso de pura frustración y resistencia, agarré el pesado recipiente de cerámica con la masa de descarte que había traído conmigo para demostrarle que no me intimidaban sus espacios limpios. Al ver mis intenciones de ensuciar su pulcro escritorio de cristal, los ojos de Alexander se abrieron con fijeza. —Suelta eso, Emma. No tientes a mi paciencia —advirtió, avanzando rodeando el escritorio a grandes zancadas. —¡No voy a firmar esta basura de humillación! —grité, aferrando el cuenco. Alexander llegó hasta mí en un segundo y extendió sus manos para arrebatármelo. Por instinto, tiré del cuenco hacia mí con todas mis fuerzas, negándome a ceder. En el violento forcejeo, mi pie derecho resbaló sobre un poco de harina fina que había quedado pegada a la suela de mi zapato desde la madrugada. El equilibrio se me fue por completo. En un microsegundo, antes de que pudiera impactar contra el suelo, el brazo fuerte y firme de Alexander se envolvió alrededor de mi cintura para evitar mi caída. Tiró de mí hacia arriba con una fuerza descomunal, y mi cuerpo chocó violentamente contra su pecho. El contraste fue brutal: la inesperada firmeza de su agarre contra la vulnerabilidad de mi pérdida de equilibrio; el calor abrumador de mi piel encendida por la furia contra la fría compostura que él siempre aparentaba. Estábamos tan jodidamente pegados que mis pechos, amplios y suaves bajo la tela verde, se aplastaron por completo contra la dureza de sus pectorales. Pude sentir los latidos desbocados de su corazón chocando contra los míos. El desprecio calculado en su mirada fue reemplazado, por un fugaz e indestructible instante, por un destello de fuego oscuro; un deseo primitivo, salvaje y puramente físico que traicionaba todas las reglas de su estúpido contrato. Su respiración se volvió pesada contra mi cuello, y sus dedos se enterraron con firmeza en mi cintura, moldeando mi cuerpo contra el suyo con una posesividad que me hizo jadear. El Sr. Miller, totalmente desencajado por la repentina y brutal tensión sexual que inundó el despacho, recogió sus papeles a toda prisa y murmuró una excusa barata sobre una llamada urgente antes de salir casi huyendo, dejándonos en un silencio sepulcral. Nos quedamos solos, pero ninguno de los dos se movió de inmediato. El magnetismo era una trampa mortal. Podía oler el café expreso y el sándalo de su piel a milímetros de mis labios. —Suéltame —susurré, aunque mi propio cuerpo parecía negarse a separarse del suyo, traicionándome ante la química innegable que vibraba entre los dos. Alexander aflojó el agarre de mi cintura lentamente, rozando la tela de mi vestido con las palmas de sus manos de una manera que me erizó la piel. Sus ojos bajaron a mi boca antes de volver a endurecerse como el diamante. —No te equivoques, Emma —dijo, con una voz que era como el ron: oscura, fuerte y embriagadora—. Esto no cambia nada. Tus padres te entregaron para salvar sus pieles; eres parte de un trato. Acepta el dinero, cumple con tu papel y mantén la distancia. Tomé la pluma estilográfica que estaba sobre la mesa. Pesaba como si estuviera hecha de plomo, pero la rabia y el orgullo me devolvieron la firmeza. Antes de estampar mi rúbrica, lo miré directamente a esos ojos oscuros que parecían un pozo sin fondo. —Lo haré. Pero que te quede claro, Alexander: puedes comprar mi tiempo, puedes comprar mi nombre, incluso puedes comprar mi presencia en tus fiestas aburridas. Pero nunca vas a ser el dueño de lo que siento. Y si alguna vez decides que quieres ese "heredero" de la cláusula cuatro, tendrás que hacer algo más que firmar un cheque. Tendrás que aprender a ser un hombre, no una máquina de calcular. Firmé con un trazo rápido, rasgando casi el papel. Arrojé la pluma sobre el documento y me di la vuelta para salir del despacho, con el corazón golpeándome las costillas. Pero antes de tocar el pomo de la puerta, su voz, extrañamente baja, me detuvo. —¿Qué estás haciendo de comer hoy? Me detuve en seco. Fue una pregunta tan fuera de lugar, tan humana, que me desarmó por completo. —¿Por qué te importa? Dijiste que apestaba a grasa y que no te fías de mis gustos —respondí sin girarme, manteniendo el escudo en alto. —El aroma de esos croissants llegó hasta mi estudio esta mañana —confesó, y por primera vez, su tono no sonaba a contrato, sino a algo más profundo, casi confesional—. No he desayunado algo que oliera de esa manera desde que era niño. Sentí una punzada en el centro del pecho, una mezcla de triunfo y una compasión que me negaba a aceptar. —Haré un estofado de cordero con higos y romero —dije, girando levemente la cabeza—. El tipo de comida que te calienta el alma, Alexander. Lástima que tú no tengas una para disfrutarlo. Salí del despacho antes de que pudiera notar que mis manos temblaban. Bajé a la cocina, mi refugio y ahora mi campo de batalla definitivo. Empecé a picar las verduras con una velocidad frenética, dejando que el golpe seco del cuchillo contra la tabla mantuviera mis lágrimas a raya. Alexander Vane me despreciaba y me reducía a un contrato, pero el roce de su cuerpo contra el mío había dejado una marca de fuego que ninguno de los dos podría borrar. La guerra apenas comenzaba, y yo iba a ganar la primera batalla desde el fuego de mis hornos.






