capitulo 2

La noche del compromiso no terminó con un brindis, sino con el sonido seco de un contrato cerrándose. Esa misma noche, mi padre me entregó una maleta —una que él no había ayudado a empacar— y me subieron a un coche negro que olía a cuero nuevo y a un vacío absoluto.

Alexander no viajó conmigo. Alegó "asuntos urgentes en la oficina", una excusa que a mis padres les pareció el colmo de la responsabilidad empresarial, pero que para mí era un mensaje claro: no eres una prioridad, ni siquiera hoy.

Llegué a la mansión Vane pasada la medianoche. Era un monumento al minimalismo y a la frialdad. Todo era mármol blanco, acero inoxidable y ventanales que dejaban entrar la luna pero no el calor. Me llevaron a una habitación que parecía más una suite de hotel de cinco estrellas que un dormitorio. No había fotos, no había desorden, no había vida.

Me desperté antes de que saliera el sol. El insomnio es un viejo amigo que suele visitarme cuando mi ansiedad decide que es un buen momento para recordarme todas mis inseguridades. Me miré al espejo del baño, un espejo que ocupaba toda la pared y que parecía gritarme que no encajaba en este entorno tan "perfecto".

Me puse un conjunto deportivo sencillo y salí de la habitación. Necesitaba harina. Necesitaba el aroma de la levadura. Necesitaba sentir que mis manos servían para algo más que para firmar contratos matrimoniales.

Encontrar la cocina fue fácil; era el corazón tecnológico de la casa. Era un sueño para cualquier chef: hornos de convección de última generación, encimeras de granito negro y una despensa que parecía un mercado gourmet de París. Pero estaba muerta. Todo estaba tan limpio que daba miedo ensuciarlo.

Empecé a moverme. Saqué mantequilla fría, harina, una pizca de sal y azúcar. Decidí hacer unos croissants de almendra. El proceso de hojaldrado es tedioso, rítmico y requiere una paciencia que me ayudaba a silenciar mi mente.

Estaba terminando de pincelar la masa con huevo cuando sentí que el aire de la habitación cambiaba. No necesité darme la vuelta para saber que él estaba allí. Ese aroma a sándalo y poder absoluto inundó la cocina.

—¿Qué estás haciendo? —Su voz fue como un látigo de seda rompiendo el silencio.

Me giré lentamente. Alexander estaba apoyado en el marco de la puerta. Llevaba solo un pantalón de vestir negro y una camisa blanca desabrochada hasta la mitad. Tenía el cabello ligeramente alborotado, como si acabara de salir de la cama, y por un segundo, mi cerebro de chef se detuvo para procesar la sensualidad bruta que emanaba de él. Sus músculos eran definidos pero no exagerados, y su piel tenía ese tono bronceado de quien viaja mucho pero duerme poco.

Tragué saliva, sintiendo que mis mejillas se calentaban. Pero no iba a dejar que viera mi debilidad.

—Cocino. Mi condición, ¿recuerdas? —dije, señalando la masa con el pincel.

Él caminó hacia mí. Sus pasos no hacían ruido sobre el suelo de mármol. Se detuvo a escasos centímetros, invadiendo mi espacio personal de una manera que me hizo retroceder hasta chocar con la encimera. Su mirada bajó de mis ojos a mis labios, y luego a mis manos manchadas de harina.

—Huele a grasa —dijo con desprecio, aunque sus ojos oscuros brillaron con una intensidad que contradecía sus palabras—. Mi cocinero privado llega a las siete. No necesito que ensucies mi casa con tus experimentos.

—No son experimentos, Alexander. Es mi carrera —respondí, tratando de mantener la voz firme a pesar de la cercanía de su cuerpo. Podía sentir el calor que desprendía, una energía vibrante que me atraía y me repelía al mismo tiempo—. Y si vas a ser mi marido por contrato, al menos podrías aprender a llamar a las cosas por su nombre. Esto se llama técnica.

Él soltó una carcajada seca, sin rastro de humor. Se inclinó sobre mí, apoyando ambas manos en la encimera, dejándome atrapada entre sus brazos y el granito. El contraste entre su camisa impecable y mis dedos sucios de masa era la metáfora perfecta de nuestro matrimonio.

—Escúchame bien, Emma —susurró, y su aliento rozó mi oreja, enviando una descarga eléctrica por todo mi cuerpo que me hizo apretar los dientes—. Puedes jugar a las casitas en esta cocina todo lo que quieras mientras no interfieras con mis invitados o mi imagen. Pero no esperes que pruebe una sola de tus creaciones. No me fío de los gustos de alguien que... —hizo una pausa, recorriendo mi figura con esa mirada cargada de prejuicios— ...no sabe cuándo detenerse.

El insulto dolió más que cualquier grito de mi madre. Fue sutil, elegante y devastador.

—Usted no sabe nada de mis gustos, Sr. Vane —dije, sintiendo que una lágrima de rabia luchaba por salir. Me obligué a sonreír, una sonrisa cargada de un veneno dulce—. Pero le aseguro algo: un hombre tan vacío como usted debería tener cuidado con lo que desprecia. A veces, lo único que nos mantiene cuerdos es lo que entra por la boca cuando el alma está muerta de hambre.

Alexander entrecerró los ojos. Por un momento, la tensión entre nosotros fue tan espesa que se habría podido cortar con uno de mis cuchillos japoneses. Había un amor-odio palpitante, una curiosidad oscura que él intentaba aplastar con arrogancia.

De repente, extendió la mano y, con el pulgar, limpió una mancha de harina que tenía en la comisura de los labios. El contacto fue breve, pero sentí como si me hubiera marcado con fuego. Sus ojos se oscurecieron por un segundo, una grieta en su armadura de hielo, antes de volver a la frialdad absoluta.

—Dúchate. Tenemos una reunión con mis abogados a las diez. Y por el amor de Dios, Emma, intenta usar algo que no parezca que te queda pequeño —sentenció, dándose la vuelta y saliendo de la cocina sin mirar atrás.

Me quedé sola, temblando ligeramente. Miré los croissants que tanto esfuerzo me habían costado y, por un momento, quise tirarlos a la basura. Pero no lo hice. Metí la bandeja en el horno y esperé.

A medida que el aroma de la mantequilla horneada y la almendra tostada empezó a llenar la mansión, me di cuenta de que Alexander Vane no solo era un hombre arrogante; era un desafío. Él creía que me conocía porque podía ver mi peso. Él creía que podía controlarme porque tenía mi firma en un papel.

Pero Alexander no sabía que en el mundo de la cocina, lo más dulce siempre requiere un poco de amargor. Y yo estaba dispuesta a darle todo el amargor que pudiera soportar hasta que aprendiera a saborear la verdad.

Me senté en el taburete de la cocina, sola, viendo cómo el sol finalmente iluminaba el mármol frío. Me comí un croissant caliente, sintiendo cada capa de hojaldre romperse en mi boca, la mantequilla fundiéndose en mi lengua. Estaba delicioso. Estaba perfecto.

—No sabes lo que te pierdes, Alexander —susurré al aire vacío.

El primer día de mi nueva vida había comenzado. Tenía una cocina de lujo, un marido que me despreciaba y un contrato que me ataba a un hombre que despertaba en mí los deseos más oscuros y la furia más clara.

La guerra no se libraría en los tribunales, ni en las juntas directivas. Se libraría aquí, entre el fuego y el hielo. Y yo no pensaba rendirme sin antes haber servido el plato principal.

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