Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche del compromiso no terminó con un brindis, sino con el sonido seco de un contrato cerrándose y el peso de una maleta que mi propio padre me entregó en la mano. No hubo despedidas, no hubo un "te extrañaremos". Solo el silencio de un coche negro que olía a cuero nuevo y a un vacío absoluto que parecía tragarse el resto de mi vida.
Alexander ni siquiera viajó conmigo; alegó "asuntos urgentes en la oficina", una excusa que a mis padres les pareció el colmo de la responsabilidad empresarial, pero que para mí era un mensaje nítido y cortante: *No eres más que un trámite. Quédate en tu lugar.* El insomnio no tardó en reclamarme. Para cuando me desperté, el sol ni siquiera había hecho el intento de salir. Me incorporé en la cama de esa suite minimalista, sintiendo cómo las paredes de mármol blanco y los ventanales pulidos me aplastaban el pecho. La presión emocional era un nudo asfixiante en mi garganta. ¿Cómo había terminado aquí? Convertida en una moneda de cambio, en un objeto de conveniencia para salvar el apellido de mis padres y las acciones de un extraño. "Maldita gorda", "un trámite", "un adorno que no dé problemas". Las voces de mi madre y de Alexander se mezclaban en mi cabeza como un eco distorsionado que amenazaba con romperme. Sentía una necesidad visceral, casi desesperada, de recordar que aún tenía el control de algo. De mí misma. De mi talento. Necesitaba harina. Necesitaba el aroma de la levadura para tapar el olor a riqueza estéril de esta casa. Necesitaba que mis manos hicieran algo real. Bajé a la cocina a oscuras, guiada por el instinto. El espacio era un sueño tecnológico de granito negro y acero inoxidable, pero estaba muerto. No había calidez, no había desorden, no había vida. Sin pedir permiso, saqué mantequilla fría, harina, sal y azúcar. Decidí hacer croissants de almendra. El proceso de hojaldrado es tedioso, rítmico y exige una precisión matemática que me obligaba a concentrarme en el peso de la masa y no en el de mis propias inseguridades. Comencé a descargar toda mi frustración sobre la encimera. Estiraba la masa con el rodillo con fuerza, sintiendo el frío del granito bajo mis dedos, doblando cada capa con una furia contenida. Golpeaba la masa contra la superficie, dejando que el sonido seco ahogara los insultos que aún me quemaban el orgullo. Estaba sudando levemente, con las mejillas encendidas y las manos cubiertas de blanco, completamente entregada a ese caos controlado. Estaba terminando de pincelar las piezas con huevo cuando el aire de la habitación cambió. No necesité darme la vuelta para saber que él estaba allí; ese aroma a sándalo y poder absoluto inundó el espacio, rompiendo mi burbuja de inmediato. —¿Qué demonios estás haciendo? —Su voz fue como un látigo de seda cortando la madrugada. Me giré lentamente, sosteniendo el pincel como si fuera un escudo. Alexander estaba apoyado en el marco de la puerta. Llevaba solo un pantalón de vestir negro y una camisa blanca completamente desabrochada, revelando el torso firme y los músculos definidos de quien duerme poco pero lo controla todo. Tenía el cabello ligeramente alborotado, y por un maldito segundo, mi cerebro se detuvo ante la sensualidad bruta y peligrosa que emanaba de él. Tragué saliva, pero mantuve la mirada alta. —Cocino. Mi condición, ¿recuerdas? —dije, señalando las bandejas. Alexander avanzó hacia mí. Sus pasos no hacían ruido sobre el suelo. Se detuvo a escasos centímetros, invadiendo mi espacio personal hasta obligarme a retroceder y chocar contra la encimera. Sus ojos oscuros recorrieron la cocina, deteniéndose en los cuencos sucios, los restos de harina sobre el granito y, finalmente, en mi cuerpo. Su mandíbula se apretó de inmediato, visiblemente molesto por la intrusión en su santuario de orden. —Esto es intolerable. Apesta a grasa y a mantequilla —dijo con un desprecio helado, aunque la intensidad de su mirada contradecía la frialdad de sus palabras—. Mi cocinero privado llega a las siete y sigue un régimen estricto. No voy a tolerar que ensucies mi casa con tus experimentos ni que dejes este desorden antes del amanecer. Limpia esto y vete a tu habitación. —No son experimentos, Alexander, y no voy a esconderme —respondí, forzando a mi voz a no temblar a pesar de la abrumadora cercanía de su cuerpo. Podía sentir el calor que desprendía, una energía vibrante que me atraía y me erizaba la piel al mismo tiempo—. Esto se llama técnica. Y si vas a ser mi marido por contrato, vas a tener que soportar el olor de mi trabajo. Él soltó una carcajada seca, sin un ápice de humor. Se inclinó sobre mí, apoyando ambas manos en la encimera a los lados de mis caderas, dejándome completamente atrapada entre sus brazos y el granito. El contraste entre su camisa impecable y mis dedos sucios de masa era la metáfora perfecta de la guerra que acababa de estallar. —Escúchame bien, Emma —susurró, y su aliento rozó mi oreja, enviando una descarga eléctrica directa a mi columna—. Puedes jugar a las casitas en esta cocina mientras no interfieras con mi imagen. Pero no esperes que pruebe una sola de tus creaciones. No me fío de los gustos de alguien que... —hizo una pausa quirúrgica, recorriendo mis curvas con una mirada cargada de prejuicios— ...claramente no sabe cuándo detenerse. El insulto fue sutil, elegante y devastador. Despertó en mí una rabia líquida que se mezcló instantáneamente con la extraña y prohibida tensión que vibraba entre los dos. —Usted no sabe nada de mis gustos, Sr. Vane —dije, estrechando la distancia entre nuestros rostros, permitiendo que una hostilidad sensual y desafiante dictara mis palabras—. Pero le aseguro algo: un hombre tan vacío como usted debería tener cuidado con lo que desprecia. A veces, lo único que nos mantiene cuerdos es lo que entra por la boca cuando el alma está muerta de hambre. Alexander entrecerró los ojos. Por un segundo, la atracción y el odio mutuo colisionaron con tanta fuerza que el aire pareció volverse espeso. Él extendió la mano con brusquedad y, con el pulgar, me limpió una mancha de harina de la comisura de los labios. El contacto fue breve pero posesivo, una presión que me marcó como el fuego. Sus ojos se oscurecieron por completo, revelando una grieta salvaje en su armadura de hielo, antes de recuperar el control. —Dúchate —sentenció, retirando la mano como si se hubiera quemado—. Tenemos una reunión con mis abogados a las doce para revisar las penalizaciones del contrato. Y por el amor de Dios, Emma, intenta usar algo que no parezca que te queda pequeño. Se dio la vuelta y salió de la cocina a grandes zancadas, dejándome temblando, pero no de miedo, sino de una furia combativa. Miré los croissants y los metí al horno con mano firme. A medida que el aroma a mantequilla horneada comenzó a invadir la fría mansión, me senté en el taburete y le di un mordisco a uno de ellos. Estaba perfecto. Crujiente, dorado, real. Alexander Vane creía que me conocía porque podía juzgar mi cuerpo. Creía que podía controlarme porque tenía mi firma. Pero no sabía que el juego apenas comenzaba, y que la cocina sería el escenario de su propia rendición.






