capitulo 4

El silencio de la mansión Vane no era tranquilo; era opresivo, como si las paredes de mármol estuvieran conteniendo el aliento, esperando a que algo se rompiera. Y ese "algo", muy probablemente, era yo.

Después del encuentro en el despacho y de aquel sofocante forcejeo que aún me hacía sentir el calor de su pecho contra el mío, me refugié en la cocina. El Sr. Miller se había llevado los papeles firmados, pero Alexander se había quedado con mi dignidad en un puño. "Compensación financiera". La frase me martilleaba las sienes mientras lavaba los higos para el estofado. Eran frutos carnosos, de un púrpura tan oscuro que parecía negro, con esa piel aterciopelada que cedía ante la más mínima presión. Los corté en mitades, revelando su interior rosado y húmedo, lleno de semillas diminutas.

Cocinar era mi lenguaje de guerra. Si Alexander quería una esposa trofeo que no hiciera ruido, yo le daría un estruendo de sabores.

Para el estofado de cordero, no usé cualquier corte. Elegí la paletilla, una carne que requiere paciencia, fuego lento y comprensión. Empecé sellando los trozos en una olla de hierro fundido. El sonido del chisporroteo de la grasa contra el metal caliente llenó el espacio, un eco de la tensión que había sentido horas antes cuando Alexander me acorraló y sus manos moldearon mi cintura. Añadí cebollas picadas finamente, que pronto se volvieron translúcidas y dulces bajo el calor. Luego el ajo, el romero fresco —cuyo aroma resinoso es casi masculino, fuerte y dominante— y finalmente los higos y un chorro generoso de vino tinto con cuerpo.

—Huele a algo que no debería estar permitido en una casa tan ordenada —dijo una voz desde la sombra del pasillo.

No era Alexander. Era un hombre mayor, vestido con un uniforme impecable pero con ojos amables. Se presentó como Bernardo, el mayordomo jefe.

—Espero que no le moleste, Bernardo. Alexander me dio permiso... a su manera —dije, bajando el fuego.

—El Sr. Vane no suele dar permisos, Sra. Vane. Suele dar órdenes. Si usted está aquí cocinando, es porque ha logrado algo que nadie más ha hecho en años: despertarle el apetito.

Bernardo se acercó y miró la olla. Noté que sonreía.

—Él no lo admitirá, pero desde que sus padres... bueno, desde que falleció su padre y la estructura familiar cambió, esta casa se convirtió en una oficina. La comida aquí siempre ha sido... perfecta, pero fría. Lo que usted está haciendo tiene alma.

Esas palabras fueron un bálsamo para mi autoestima herida. Charlamos un rato mientras yo preparaba una guarnición de puré de patatas con mantequilla de nuez. Bernardo se convirtió, sin saberlo, en mi primer aliado. Me contó que Alexander trabajaba hasta las tres de la mañana casi todas las noches y que su única debilidad era el café solo, tan fuerte que "podría resucitar a un muerto".

Sin embargo, la frágil paz de la tarde se hizo añicos alrededor de las seis, cuando la quietud de la cocina fue profanada por el eco de unos tacones de aguja que golpeaban el mármol con una cadencia militar.

No tuve que adivinar quién era. La mujer que entró a la cocina exudaba una arrogancia aristocrática que congeló el aire al instante. Era Victoria Vane, la madre de Alexander. Llevaba un conjunto de alta costura gris perla, joyas de diamantes que captaban la luz de la cocina y una expresión de profundo asco que rivalizaba, e incluso superaba, a la de mi propia madre.

Se detuvo a unos metros de mí, observando las ollas y luego barriendo mi cuerpo con una mirada cargada de un desprecio letal.

—Así que esta es la criatura que el apellido Vane ha tenido que adoptar para salvar el patrimonio —dijo, y su voz era un témpano de hielo—. Eres un adorno defectuoso, Emma. Mírate. Una masa informe metida en mi cocina, cocinando grasas como si fueras una sirvienta de pueblo.

—Estoy preparando la cena, Sra. Vane —respondí, apretando el trapo de cocina entre mis manos, sintiendo cómo la humillación me subía por el cuello.

—No me importa lo que hagas. Lo que me importa es la vergüenza que le harás pasar a esta familia en la gala benéfica de la próxima semana —escupió Victoria, cruzándose de brazos—. Hoy mismo vendrá un equipo de nutricionistas extremos que he contratado personalmente. Vas a dejar de comer esas basuras que cocinas y vas a perder la mitad de tu peso antes de la gala. Te prohíbo terminantemente volver a tocar un carbohidrato en esta casa. No voy a permitir que la prensa se burle de mi linaje por culpa de tu falta de control.

Me quedé sin aire. El ataque era tan directo, tan desprovisto de cualquier atisbo de humanidad, que sentí que las lágrimas amenazaban con traicionarme. La hostilidad de mi nueva vida me estaba acorralando.

—Ella no va a ir a ningún lado, madre. Y tampoco va a dejar de comer.

La voz barítona y cortante de Alexander resonó desde la entrada de la cocina. Había llegado antes de lo previsto. Caminó con paso firme, interponiéndose físicamente entre su madre y yo, como una muralla de granito. Su mandíbula estaba tensa y sus ojos oscuros brillaban con una furia contenida que nunca antes le había visto.

—Alexander, por favor —bufó Victoria, acomodándose el abrigo—. Solo estoy tratando de arreglar el desastre que tu abuelo provocó con ese estúpido testamento. Esta chica es una impresentable para los estándares de nuestro círculo.

—Emma es mi esposa —la interrumpió él, con un tono letal que no admitía réplicas y que hizo eco en las paredes de la cocina—. Y nadie la somete a dietas extremas ni la insulta bajo mi techo. Su físico no es de tu incumbencia, ni tampoco lo que decida cocinar o comer en esta casa. Si vuelves a cruzar esta puerta para humillarla, haré que los guardias te retiren de la propiedad. Retírate, madre. Ahora mismo.

Victoria abrió la boca, escandalizada, pero la mirada asesina de su hijo la obligó a retroceder. Con un bufido indignado y el rostro desencajado por la humillación, se dio la vuelta y sus tacones volvieron a resonar con furia hasta que se perdieron en el vestíbulo.

El silencio que quedó era denso. Alexander no se giró de inmediato. Se tomó unos segundos para estabilizar su respiración. Se había quitado la chaqueta y la corbata; tenía las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos potentes cubiertos de un vello oscuro y fino. Se veía cansado por la jornada y por la discusión, pero esa fatiga le otorgaba una sensualidad vulnerable que me resultó más peligrosa que su arrogancia.

Finalmente se giró hacia la isla de la cocina. El estofado seguía reposando sobre la estufa, emanando ese aroma embriagador a carne tierna, vino y fruta dulce.

—Pensé que te habías ido a dormir después de lo de esta tarde —dijo él. Su voz sonaba más ronca de lo habitual, una vibración baja que parecía acariciar el aire entre nosotros.

—Un chef nunca abandona su puesto hasta que el servicio termina —respondí, secándome las manos en el delantal, tratando de ocultar el temblor de mis dedos tras el ataque de su madre.

Él miró la olla, luego me miró a mí. Había una lucha interna evidente en sus ojos. El orgullo contra el hambre. El prejuicio contra el instinto. La rigidez de su contrato contra el impulso protector que acababa de demostrar.

—¿Sigue en pie tu oferta? ¿O era solo una forma de desafiarme en el despacho? —preguntó, dando un paso al frente.

—Nunca bromeo con la comida, Alexander. Si quieres probarlo, siéntate.

Me moví con agilidad, sirviendo una porción generosa del estofado junto al puré con mantequilla de nuez en un plato de cerámica blanca. La carne se deshacía con solo mirarla. Vertí la salsa espesa y oscura por encima y coloqué el plato frente a él. Le entregué un tenedor, y por un segundo, nuestros dedos se rozaron. Fue un contacto eléctrico, un choque de polos opuestos que hizo que el aire se volviera denso, cargado de ese amor-odio que empezaba a definir cada una de nuestras interacciones.

Alexander tomó el primer bocado. Cerró los ojos. Lo vi tragar lentamente, procesando la complejidad de los higos con el cordero y la untuosidad del puré. Cuando volvió a abrirlos, su mirada era diferente. Menos gélida. Más... humana.

—Es... —hizo una pausa, buscando la palabra exacta— ...inquietante.

—¿Inquietante? —preguntó, apoyando los codos en la isla, quedando a su altura.

—Sí. Me hace recordar cosas que me he esforzado mucho por olvidar. La calidez, el hogar... cosas que no tienen lugar en un balance de cuentas.

Se inclinó hacia mí, todavía con el tenedor en la mano. La distancia entre nosotros se redujo hasta que pude ver las motas doradas en sus iris oscuros. Su mirada bajó a mi cuello, donde una gota de sudor por el calor de la estufa resbalaba lentamente hacia el escote de mi vestido. La tensión era insoportable, una cuerda tirante a punto de romperse tras la adrenalina de haber enfrentado a su madre.

—Tienes un don, Emma —susurró, y sentí que su mano libre se cerraba sobre el borde de la mesa, con los nudillos blancos—. Pero no creas que un buen plato va a borrar el contrato.

—No busco borrar el contrato, Alexander —respondí, mi voz apenas un hilo de seda, sosteniendo la intensa marea de su mirada—. Busco que entiendas que no puedes comprar el sabor. O lo sientes, o no lo sientes.

Él dejó el tenedor bruscamente y se levantó, como si mi cercanía y sus propios impulsos lo estuvieran quemando por dentro. Se alejó dos pasos, recuperando a la fuerza su máscara de hierro.

—Mañana tenemos la primera sesión de fotos oficial. Vendrá un estilista por la mañana. Asegúrate de estar lista. No quiero que la prensa piense que te tengo pasando hambre... y después de lo de hoy, menos.

El recordatorio de las apariencias y de su maldito mundo corporativo cortó el momento como un cuchillo afilado. La magia se desvaneció.

—No se preocupe, Sr. Vane —dije, recogiendo su plato casi vacío con una amargura que superaba a la del café que él tanto amaba—. Estaré tan impecable que tendrá que esforzarse para recordar por qué decidió que yo era solo un trámite.

Él salió de la cocina sin decir nada más, pero pude notar que sus pasos eran menos decididos que cuando entró. Yo me quedé allí, con el aroma del estofado flotando en el aire, sintiéndome victoriosa y derrotada al mismo tiempo. Había defendido mi posición y él se había puesto de mi lado frente a su madre, pero el muro en su corazón seguía siendo demasiado alto.

Me comí lo que quedaba en la olla, buscando el consuelo del fuego. Porque en esta casa de cristal, la guerra apenas estaba comenzando, y los bandos se estaban volviendo peligrosamente confusos.

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