El silencio de la mansión Vane no era tranquilo; era opresivo, como si las paredes de mármol estuvieran conteniendo el aliento, esperando a que algo se rompiera. Y ese "algo", muy probablemente, era yo.
Después del encuentro en el despacho, me refugié en la cocina. El Sr. Miller se había llevado los papeles, pero Alexander se había quedado con mi dignidad en un puño. "Compensación financiera". La frase me martilleaba las sienes mientras lavaba los higos para el estofado. Eran frutos carnosos, de un púrpura tan oscuro que parecía negro, con esa piel aterciopelada que cedía ante la más mínima presión. Los corté en mitades, revelando su interior rosado y húmedo, lleno de semillas diminutas.
Cocinar era mi lenguaje de guerra. Si Alexander quería una esposa trofeo que no hiciera ruido, yo le daría un estruendo de sabores.
Para el estofado de cordero, no usé cualquier corte. Elegí la paletilla, una carne que requiere paciencia, fuego lento y comprensión. Empecé sellando los trozos en una olla de hierro fundido. El sonido del chisporroteo de la grasa contra el metal caliente llenó el espacio, un eco de la tensión que había sentido horas antes cuando Alexander me acorraló contra la encimera.
Añadí cebollas picadas finamente, que pronto se volvieron translúcidas y dulces bajo el calor. Luego el ajo, el romero fresco —cuyo aroma resinoso es casi masculino, fuerte y dominante— y finalmente los higos y un chorro generoso de vino tinto con cuerpo.
—Huele a algo que no debería estar permitido en una casa tan ordenada —dijo una voz desde la sombra del pasillo.
No era Alexander. Era un hombre mayor, vestido con un uniforme impecable pero con ojos amables. Se presentó como Bernardo, el mayordomo jefe.
—Espero que no le moleste, Bernardo. Alexander me dio permiso... a su manera —dije, bajando el fuego.
—El Sr. Vane no suele dar permisos, Sra. Vane. Suele dar órdenes. Si usted está aquí cocinando, es porque ha logrado algo que nadie más ha hecho en años: despertarle el apetito.
Bernardo se acercó y miró la olla. Noté que sonreía.
—Él no lo admitirá, pero desde que sus padres fallecieron, esta casa se convirtió en una oficina. La comida aquí siempre ha sido... perfecta, pero fría. Lo que usted está haciendo tiene alma.
Esas palabras fueron un bálsamo para mi autoestima herida. Charlamos un rato mientras yo preparaba una guarnición de puré de patatas con mantequilla de nuez. Bernardo se convirtió, sin saberlo, en mi primer aliado. Me contó que Alexander trabajaba hasta las tres de la mañana casi todas las noches y que su única debilidad era el café solo, tan fuerte que "podría resucitar a un muerto".
Cerca de las nueve de la noche, cuando Bernardo ya se había retirado y la mansión estaba sumida en una penumbra elegante, escuché pasos. Eran pesados, rítmicos. Mi corazón, traidor como siempre, empezó a galopar.
Alexander entró en la cocina. Se había quitado la chaqueta y la corbata; tenía las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos potentes cubiertos de un vello oscuro y fino. Se veía cansado, pero esa fatiga le otorgaba una sensualidad vulnerable que me resultó más peligrosa que su arrogancia.
Se detuvo frente a la isla de la cocina. El estofado estaba reposando sobre la estufa, todavía emanando ese aroma embriagador a carne tierna, vino y fruta dulce.
—Pensé que te habías ido a dormir —dijo él. Su voz sonaba más ronca de lo habitual, una vibración baja que parecía acariciar el aire entre nosotros.
—Un chef nunca abandona su puesto hasta que el servicio termina —respondí, secándome las manos en el delantal.
Él miró la olla, luego me miró a mí. Había una lucha interna en sus ojos. El orgullo contra el hambre. El prejuicio contra el instinto.
—¿Sigue en pie tu oferta? ¿O era solo una forma de desafiarme en el despacho?
—Nunca bromeo con la comida, Alexander. Si quieres probarlo, siéntate.
Me moví con agilidad, sirviendo una porción generosa en un plato de cerámica blanca. La carne se deshacía con solo mirarla. Vertí un poco de la salsa espesa y oscura por encima y coloqué el plato frente a él. Le entregué un tenedor, y por un segundo, nuestros dedos se rozaron. Fue un contacto eléctrico, un choque de polos opuestos que hizo que el aire se volviera denso, cargado de ese amor-odio que empezaba a definir cada una de nuestras interacciones.
Alexander tomó el primer bocado. Cerró los ojos. Lo vi tragar lentamente, procesando la complejidad de los higos con el cordero. Cuando volvió a abrirlos, su mirada era diferente. Menos gélida. Más... humana.
—Es... —hizo una pausa, buscando la palabra— ...inquietante.
—¿Inquietante? —pregunté, apoyando los codos en la isla, quedando a su altura.
—Sí. Me hace recordar cosas que me he esforzado mucho por olvidar. La calidez, el hogar... cosas que no tienen lugar en un balance de cuentas.
Se inclinó hacia mí, todavía con el tenedor en la mano. La distancia entre nosotros se redujo hasta que pude ver las motas doradas en sus iris oscuros. Su mirada bajó a mi cuello, donde una gota de sudor por el calor de la estufa resbalaba lentamente hacia el escote de mi vestido. La tensión era insoportable, una cuerda tirante a punto de romperse.
—Tienes un don, Emma —susurró, y sentí que su mano libre se cerraba sobre el borde de la mesa, con los nudillos blancos—. Pero no creas que un buen plato va a borrar el contrato.
—No busco borrar el contrato, Alexander —respondí, mi voz apenas un hilo de seda—. Busco que entiendas que no puedes comprar el sabor. O lo sientes, o no lo sientes.
Él dejó el tenedor y se levantó bruscamente, como si mi cercanía lo estuviera quemando. Se alejó dos pasos, recuperando su máscara de hierro.
—Mañana tenemos la primera sesión de fotos oficial. Vendrá un estilista. Asegúrate de estar... presentable. No quiero que la prensa piense que te tengo pasando hambre.
El insulto final, el recordatorio de su prejuicio, cortó el momento como un cuchillo afilado. La magia se desvaneció.
—No se preocupe, Sr. Vane —dije, recogiendo su plato casi vacío con una amargura que superaba a la del café que él tanto amaba—. Estaré tan presentable que tendrá que esforzarse para recordar por qué decidió que yo era solo un trámite.
Él salió de la cocina sin decir nada más, pero pude notar que sus pasos eran menos decididos que cuando entró. Yo me quedé allí, con el aroma del estofado flotando en el aire, sintiéndome victoriosa y derrotada al mismo tiempo. Había alimentado su cuerpo, pero el muro en su corazón seguía siendo demasiado alto.
Me comí lo que quedaba en la olla, no por hambre, sino por consuelo. Porque en esta casa de cristal, lo único que realmente tenía sabor era mi propia soledad.