El vestido que Alexander me había enviado era una declaración de guerra. De un color rojo sangre, tan oscuro que bajo ciertas luces parecía una herida abierta, estaba hecho de una seda pesada que se adhería a mi cuerpo como una segunda piel. No era el tipo de prenda que usaría alguien que desea pasar desapercibida; era un diseño creado para exigir atención, para gritarle a la cara de Vanessa y a todo su círculo social que Alexander Vane no se conformaba con menos que una presencia imponente.