Despertar después de la gala se sintió como si alguien hubiera intentado lavar mis pecados con champán caro y luego me hubiera abandonado en una isla de sábanas de mil hilos. El sol de la mañana entraba por el ventanal de mi suite con una agresividad innecesaria, iluminando el vestido rojo que ahora descansaba en el suelo, una mancha de seda que parecía el rastro de una batalla que no estaba segura de haber ganado.
Aún sentía el hormigueo en mis labios. El beso en la terraza no había sido una