. A veces, cuando camino por los pasillos de mármol, siento que mis propios pensamientos rebotan contra las paredes de cristal, recordándome que soy una extraña en este ecosistema de perfección y frialdad. Sin embargo, tras el desayuno de ayer, algo ha mutado en el aire. El silencio ya no es gélido; ahora tiene una electricidad estática que me eriza el vello de los brazos cada vez que escucho la puerta del garaje abrirse al atardecer.
Alexander ha estado evitando mi mirada desde que probó aquel