La luz de la tarde entraba oblicua por los ventanales de la Casa Grande, tiñendo de oro los muebles antiguos y los retratos de generaciones Trovatto que observaban desde las paredes con ojos severos. Vega permanecía de pie junto al sofá, con los brazos cruzados, sintiendo ese nudo incómodo en el estómago que solo aparecía cuando sabía que estaba a punto de enfrentarse a algo que no dominaba.
—No tengo nada adecuado para esta fiesta —dijo al fin, rompiendo el silencio. Aunque ha ido de compras,