La noche cayó sobre la Villa del Roble sin hacer ruido.
Vega lo notó por el cambio en la luz, por el silencio que se volvía más denso a cada minuto, por esa sensación incómoda de estar siendo observada aun cuando no había nadie. Pasó la tarde entre libros que no leyó, ventanas que abrió solo para volver a cerrar y pensamientos que no la dejaron en paz.
Alonso no había aparecido.
Y, contra toda lógica, eso no la tranquilizaba del todo.
Cenó poco. Algodón se acomodó cerca de sus pies, como si intuyera que ella necesitaba algo tibio y leal. Cada tanto, Vega miraba el reloj, molesta consigo misma por hacerlo. No le debía nada. No tenía por qué esperarlo.
Aun así, cuando el sonido grave de un motor rompió el silencio exterior, su cuerpo se tensó antes de que su mente pudiera reaccionar.
Había llegado.
El clic metálico del portón, el eco de pasos firmes atravesando la casa… Alonso Trovatto siempre entraba como si el mundo tuviera que hacerse a un lado para dejarlo pasar.
Vega respir