La noche cayó sobre la Villa del Roble sin hacer ruido.
Vega lo notó por el cambio en la luz, por el silencio que se volvía más denso a cada minuto, por esa sensación incómoda de estar siendo observada aun cuando no había nadie. Pasó la tarde entre libros que no leyó, ventanas que abrió solo para volver a cerrar y pensamientos que no la dejaron en paz.
Alonso no había aparecido.
Y, contra toda lógica, eso no la tranquilizaba del todo.
Cenó poco. Algodón se acomodó cerca de sus pies, como si