El teléfono vibró sobre el escritorio, una vez. Dos veces. Tres. Alonso no miró la pantalla de inmediato. Su mandíbula estaba tensa. Luego, finalmente, tomó el móvil.
—Habla.
—Señor —la voz del asistente sonaba más cautelosa que de costumbre—. Hemos seguido todos los datos correspondientes.
Silencio. Alonso no respondió. Esperaba.
—Hemos rastreado las transferencias, los movimientos financieros, los intermediarios legales, todos los sucesos vinculados.
—Ve al punto.
—La persona que está