Theodore Scalyne apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos le ardieron. La ciudad pasaba frente a él como un borrón de luces difusas, pero su mente estaba fija en una sola imagen: Vega junto a Alonso Trovatto. Demasiado cerca. Demasiado protegida. Compartiendo su apellido, su cama.
—No —murmuró entre dientes—. No están casados. No pueden estar casados, eso es imposible y las leyes no lo permiten.
La idea no encajaba. No podía encajar. Vega era suya. Siempre lo había sido, incluso