La sala estaba en silencio. No un silencio cómodo, sino uno denso, cargado, como si el aire se hubiera vuelto más pesado de pronto. Vega estaba sentada en uno de los sillones, con la espalda recta por pura costumbre, aunque por dentro se sentía frágil, cansada, exhausta de huir sin moverse.
Alonso Trovatto permanecía de pie, a pocos pasos de ella. Su presencia llenaba el espacio con una facilidad inquietante. No necesitaba acercarse para imponer autoridad; bastaba con estar.
—Vega —dijo nue