El avión privado atravesaba el cielo nocturno con una elegancia silenciosa.
Dentro de la cabina principal, la iluminación tenue apenas dibujaba sombras sobre el rostro de Alonso Trovatto.
No dormía.
No descansaba.
No cerraba los ojos.
El océano oscuro se extendía bajo él como un abismo interminable, pero su mente no estaba en el paisaje. Estaba en dos lugares a la vez.
En Alborada.
Y en Australia.
Apoyó los codos sobre la mesa de madera pulida y entrelazó los dedos frente a sus labios.