La noche avanzaba con lentitud cuando Alonso rompió el silencio.
—Ya es hora de acostarse.
Su voz no fue una orden, pero tampoco una sugerencia. Fue dicha con la naturalidad de alguien acostumbrado a que las cosas sigan su curso sin discusión.
Vega tardó unos segundos en reaccionar. Seguía apoyada en la baranda del balcón, mirando la luna que empezaba a ocultarse tras una nube ligera. Finalmente asintió y se giró, entrando de nuevo en la habitación.
La suite del hotel era amplia, elegante,