Nahla cruzó la puerta de la estación de policía con el reporte en las manos, pero el papel no le trajo la más mínima pizca de alivio. Subió a su automóvil a trompicones, encendió el motor y aceleró sin tener la menor idea de hacia dónde se dirigía.
El tablero del carro marcaba los kilómetros mientras las calles de la ciudad se desdibujaban a su alrededor en una ráfaga de ruido y movimiento. Condujo sin rumbo fijo por varios minutos, devorada por una ansiedad que le oprimía el pecho, hasta que la