Nahla no condujo sin rumbo. Cada giro del volante fue calculado, cada semáforo una pausa necesaria para ordenar la tormenta que llevaba dentro. Cuando finalmente detuvo el coche frente al edificio Vázquez, no quedaba rastro de la mujer que había llorado minutos antes. Solo quedaba decisión.
El lugar imponía respeto sin necesidad de ostentación. Fachada sobria, seguridad estricta, ventanas oscuras que no dejaban ver nada del interior. Era el tipo de sitio que no buscaba llamar la atención… porque