William se quedó inmóvil frente al teléfono, no comprendía quien estaba jugando con él, de esa manera, lo único cierto era que la pantalla emitía un resplandor enfermizo, proyectando una sentencia que se negaba a desaparecer:
“Dalia no murió el día del accidente.”
Sus pulmones se negaron a procesar el oxígeno. Durante años, construyó un imperio sobre las cenizas de ese recuerdo, blindando su cordura con transacciones millonarias y una indiferencia que todos temían. Aquella oración, simple y leta