Las puertas pesadas de la sala de juntas se sellaron finalmente, dejando tras de sí el eco ahogado de los últimos accionistas. El rugido voraz de los periodistas aún vibraba a la distancia, como un enjambre lejano, pero dentro del despacho el silencio era absoluto y asfixiante. El aire no solo estaba cargado; quemaba, saturado por el rastro eléctrico de lo que acababa de estallar frente a todos.
Nahla caminó hacia la mesa con una lentitud calculada, luchando por cada bocanada de aire, intentando