La sala de juntas se hundió en un silencio sepulcral, un vacío denso y pesado que se instaló tras la última amenaza de Nahla. Ninguno de los accionistas se atrevía a sostenerle la mirada; el aire allí dentro parecía haberse vuelto irrespirable.
Algunos bajaron la vista, de pronto fascinados por sus gemelos o por documentos que fingían analizar con urgencia, temerosos de que los ojos de ella, cargados de una furia gélida, se posaran sobre ellos. Paolo, sin embargo, era la única nota discordante: