El edificio principal de VANTGARDE EMPIRE amaneció sitiado. Una jauría de periodistas rodeaba la entrada, con las lentes de las cámaras erguidas como cañones cargados, sedientos de capturar el milímetro exacto de la caída de Nahla.
Cuando el vehículo negro, blindado y gélido, se detuvo frente a la imponente estructura, ella descendió. No caminó, desfiló con una altivez electrizante, ignorando el estruendo de gritos y las preguntas venenosas que estallaban a sus espaldas como metralla hasta alcan