Ocho años después
La tarde descendía con una delicadeza casi irreal, como si el tiempo hubiese aprendido a caminar despacio para no arruinar la magia del momento. El lugar elegido para la celebración parecía suspendido entre el cielo y el mar. Telas claras danzaban suavemente con la brisa, atrapando la luz dorada del atardecer, mientras pequeñas flores blancas y doradas adornaban cada espacio con una elegancia sutil, sin excesos, como si todo hubiese sido pensado para emocionar sin necesidad de