La luz se filtraba por los ventanales de la oficina, pero para Valentina, el sol parecía haber perdido su calidez. Estaba sentada tras su escritorio, con la mirada perdida en los documentos que no lograba leer, hasta que el aroma de las flores inundó el espacio.
Levantó la vista y encontró a Alejandro. Él no necesitaba preguntar cómo estaba; su sola presencia era un ancla en medio de la marejada que ella cargaba en el pecho.
—Te traje tus favoritas —dijo Alejandro colocando el ramo sobre el es