En el consultorio de Elena no había paredes blancas y frías, sino un tono arena que lograba que la habitación se sintiera como un refugio. Ella no vestía bata; llevaba un suéter de lana suave y una expresión que no juzgaba. Se sentó frente a Valentina, dejando una pequeña mesa de madera entre ambas, y le ofreció una sonrisa que se sentía como un permiso para descansar.
—Hola, Valentina. Soy la doctora Elena Méndez. Puedes sentarte donde te sientas más cómoda.
Valentina eligió el sillón más cer