Valentina subió las escaleras con una taza de manzanilla que nadie le había pedido pero que ella necesitaba llevar porque no saber qué hacer con las manos era peor que cualquier otra cosa. Tocó la puerta de Nahla dos veces, esperó, y cuando no obtuvo respuesta empujó despacio.
La habitación estaba vacía. La chaqueta no estaba en el gancho. El teléfono tampoco estaba en la mesita.
Valentina bajó las escaleras gritando antes de llegar al último escalón.
—¡Alejandro! ¡Alejandro, ven aquí ahora mism