William subió a la silla con una lentitud que delataba el terrible castigo físico que su cuerpo había recibido en las últimas horas. Nahla lo sostuvo por la cintura, sintiendo cómo los músculos de su esposo temblaban ante el menor esfuerzo, pero la determinación en los ojos de él seguía intacta.
Con un esfuerzo supremo que le arrancó un gemido sordo, William logró pasar una pierna por el estrecho marco de la ventana y, tras impulsarse con dificultad, se deslizó hacia el exterior, cayendo sobre l