El tiempo dentro del sanatorio parecía haberse detenido.
Los ruidos eran tenues, como si los pasillos temieran interrumpir el dolor ajeno: pasos suaves, teléfonos que sonaban a medias, murmullos que se perdían en el aire cargado de desinfectante.
El eco de la camilla que se llevaba a sus padres todavía vibraba en los oídos de Leah.
Ella quería seguirlos.
Quería correr detrás de ellos.
Quería exigir respuestas, verlos, tocarlos, comprobar que respiraban.
Pero la enfermera se interpuso con delica