Singapur guardaba una belleza peculiar en la madrugada.
Una mezcla de luces cálidas, aromas frescos y un murmullo constante que nunca desaparecía. Leah lo había notado desde el primer día, pero ahora, al cumplirse casi una semana desde su llegada, esa misma ciudad que la había recibido como un refugio empezaba a sentirse… demasiado grande.
Demasiado vacía.
Aquella mañana, despertó con un suspiro. Pasó una mano por su vientre, aún pequeño, pero para ella lleno de vida.
—Buenos días, mi amor… —susurró—. Hoy mamá se siente un poco más fuerte.
Era extraño, pensó, cómo un sentimiento podía dividirla por dentro.
Por un lado, estaba la paz de haber escapado del tormento, de las intrigas, del dolor.
Por otro, una añoranza que se clavaba cada día más profundo.
Kevin.
Ella esperaba que la distancia la liberara, pero cada amanecer era una punzada nueva.
Lo recordaba en todo: sus manos grandes, su voz baja y firme, sus ojos azules que la consumían, la manera en que pronunciaba su nombre cuando cr