La Mansión la recibió con un silencio espeso.
No era la calma elegante que Dulce recordaba, aquella que olía a poder absoluto y control. Esta vez, el aire estaba cargado, denso, como si las paredes mismas supieran que algo estaba a punto de estallar.
El vehículo se detuvo frente a la entrada principal. Dulce bajó sin ayuda, erguida, con pasos firmes, aunque por dentro cada latido marcaba un compás distinto. No había venido a improvisar. Había venido porque la habían llamado… y porque cuando l