LA VILLANA

La Mansión la recibió con un silencio espeso.

No era la calma elegante que Dulce recordaba, aquella que olía a poder absoluto y control. Esta vez, el aire estaba cargado, denso, como si las paredes mismas supieran que algo estaba a punto de estallar.

El vehículo se detuvo frente a la entrada principal. Dulce bajó sin ayuda, erguida, con pasos firmes, aunque por dentro cada latido marcaba un compás distinto. No había venido a improvisar. Había venido porque la habían llamado… y porque cuando la llamaban desde allí, no era por trivialidades.

Al cruzar el umbral, los vio.

Alana estaba de pie, junto a la mesa central del salón. Impecable como siempre, pero con una rigidez que delataba nervios. A su lado, ligeramente recostado contra una columna, estaba Gabo.

Dulce sintió un ligero estremecimiento al verlo.

No por miedo.

Por asco.

—Vaya… —dijo Dulce, rompiendo el silencio—. Esto sí que es una reunión inesperada.

Alana fue la primera en reaccionar.

—Señora Dulce —saludó, con una l
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